Durante mucho tiempo hemos entendido las relaciones comerciales a partir de una ecuación bastante sencilla: alguien tiene un producto o servicio, otro lo necesita, acuerdan un precio y se produce una transacción. Uno vende y otro compra. Pero en una industria como la digital, que se transforma a una velocidad extraordinaria, esa lógica ya no es suficiente.
No importa realmente en qué área nos desenvolvamos. Creo que cada vez deberíamos procurar construir relaciones de negocios que vayan más allá de comprar o vender un producto, una plataforma o un servicio. Porque cuando el entorno cambia constantemente, el valor de una relación comercial no puede limitarse a lo que recibimos el día en que firmamos un contrato. Tiene que incluir también lo que aprendemos, descubrimos y somos capaces de aprovechar durante el tiempo que esa relación permanece vigente.
A través de más de 25 años trabajando en la industria digital he interactuado con múltiples proveedores. Con algunos he logrado construir verdaderas relaciones de negocios; con otros, la relación nunca ha pasado de ser una factura que llega todos los meses. Y con el tiempo he comprendido que la diferencia entre unos y otros no necesariamente está en la calidad de sus productos, sino en algo que considero cada vez más importante: el acompañamiento.
Una plataforma puede ser extraordinaria, tener decenas de funcionalidades y ofrecer enormes posibilidades de crecimiento, eficiencia o monetización. Pero si quien la desarrolla o comercializa se limita a venderla, implementarla y cobrar una mensualidad, dejando al cliente la responsabilidad absoluta de descubrir cómo obtener el máximo provecho de ella, entonces una parte importante de su valor termina perdiéndose.
Es frecuente que las conversaciones con algunos proveedores solamente se produzcan cuando aparece un problema. Algo dejó de funcionar, los ingresos bajaron, una integración falló, necesitamos una funcionalidad determinada o se aproxima la renovación del contrato. Entonces hablamos. Mientras tanto, pasan los meses.
Y en la industria digital los meses pesan.
Pesan porque las plataformas evolucionan, aparecen nuevas tecnologías, cambian los hábitos de los usuarios, surgen modelos diferentes de monetización y lo que funcionaba hace un año puede resultar insuficiente hoy. A esto debemos agregar una realidad que quienes trabajamos en esta industria conocemos muy bien: el día a día muchas veces no permite detenerse a analizar hasta el último rincón de cada herramienta que utilizamos.
Trabajamos con demasiadas plataformas, demasiadas variables y demasiados problemas simultáneamente. Si una herramienta está funcionando y genera algún resultado, muchas veces seguimos adelante convencidos de que estamos obteniendo de ella lo que podemos.
Hasta que un día, casi por casualidad, participamos en una conversación, asistimos a un evento, conocemos la experiencia de otra empresa o simplemente escuchamos a alguien explicar una funcionalidad, una configuración o una estrategia que desconocíamos.
Y entonces llega la pregunta incómoda: ¿cuánto dinero hemos dejado sobre la mesa durante todo este tiempo?
Quizás mucho.
No porque la plataforma fuera mala. Todo lo contrario. El problema puede ser precisamente que tenía capacidades que nunca llegamos a utilizar porque nadie nos explicó que existían, cómo implementarlas o qué impacto podían tener sobre nuestro negocio.
Puede tratarse de desconocimiento de quien administra la relación con el cliente. Puede ser falta de comunicación dentro de la empresa proveedora. Puede ser ausencia de una metodología de acompañamiento. O puede ser simplemente comodidad: mientras la plataforma funcione y la mensualidad continúe llegando, pareciera que todo está bien.
Pero no necesariamente lo está.
Porque en digital no aprovechar una oportunidad también tiene un costo. Mientras una empresa permanece utilizando una tecnología de la misma manera durante años, otra puede estar experimentando, optimizando procesos, aumentando ingresos y construyendo una ventaja que después será difícil recuperar.
Por supuesto, sería injusto colocar toda la responsabilidad sobre los proveedores. Los equipos internos también tenemos la obligación de investigar, capacitarnos, cuestionar nuestros procesos y tratar de mantenernos actualizados. Pero tampoco podemos ignorar que no todas las organizaciones cuentan con los recursos humanos, tecnológicos y económicos necesarios para analizar permanentemente cada plataforma y cada cambio que ocurre en el mercado.
Y es precisamente ahí donde creo que debería comenzar el verdadero valor de una relación de negocios.
Quien desarrolla una plataforma debería conocerla mucho mejor que quien la compra. Pero, además, debería comprender la industria para la cual la desarrolló. Debería saber qué está cambiando, qué están haciendo otros actores, qué funcionalidades están produciendo mejores resultados, cuáles oportunidades están apareciendo y cómo todo eso puede traducirse en beneficios concretos para sus clientes.
No debería limitarse a preguntarnos si estamos satisfechos con el producto. Debería ayudarnos a descubrir si realmente estamos obteniendo todo el valor posible de él.
Porque en la industria digital el acompañamiento también debería formar parte del producto.
Si aparece una nueva tendencia que puede afectar mi negocio, quiero conocerla. Si existe una funcionalidad que puede incrementar mis ingresos, quiero que me la enseñes. Si otros están encontrando formas más eficientes de utilizar una tecnología, quiero entenderlas. Y si estoy dejando dinero sobre la mesa por una configuración que desconozco, espero que quien conoce profundamente esa plataforma me lo advierta antes de que lo descubra por casualidad dos años después.
Eso, para mí, es construir una relación de negocios.
Lo contrario suele producir una situación que también conocemos. Durante años la relación se limita al contrato, la factura, el soporte cuando algo falla y alguna conversación ocasional. Pero cuando el cliente descubre otra herramienta, comienza a evaluar alternativas o decide marcharse, entonces aparecen las reuniones, las llamadas, las propuestas, las nuevas funcionalidades y un repentino interés por ayudar.
Se intenta construir en semanas la relación que no se construyó durante años.
Y quizás para entonces sea demasiado tarde.
Porque el problema nunca fue solamente el precio ni necesariamente la calidad del producto. El problema fue descubrir que durante demasiado tiempo pudimos haber hecho más y nadie nos ayudó a verlo. Y en una industria que avanza con tanta rapidez, ese tiempo perdido puede ser mucho más costoso que cualquier mensualidad.
Por eso creo que debemos comenzar a cambiar incluso las preguntas que hacemos cuando evaluamos a un proveedor. Ya no debería bastarnos con preguntar qué producto tiene, qué funcionalidades ofrece o cuánto cuesta. Hay otra pregunta que considero cada vez más importante: ¿cómo vas a ayudarme a obtener el máximo valor de lo que te estoy comprando?
La respuesta puede decirnos mucho más sobre el futuro de esa relación que una presentación comercial llena de funcionalidades.
Las mejores relaciones de negocios que he podido construir durante estos años han sido aquellas en las que ambas partes entienden algo bastante sencillo: nuestros intereses no tienen por qué estar enfrentados. Si mi empresa obtiene mejores resultados gracias a tu tecnología, probablemente nuestra relación crecerá. Si me ayudas a encontrar nuevas oportunidades, posiblemente necesitaremos desarrollar nuevos proyectos juntos. Si contribuyes a que mi negocio sea más competitivo, tendrás muchas más posibilidades de continuar siendo parte de él.
Eso crea una fidelidad mucho más poderosa que cualquier contrato: la fidelidad basada en valor.
La industria digital no concede demasiado tiempo para reaccionar. Lo que hoy funciona puede dejar de hacerlo mañana, las ventajas tecnológicas duran cada vez menos y las oportunidades aparecen y desaparecen con enorme rapidez. Por eso creo que tenemos que superar definitivamente la vieja lógica de proveedor y cliente para comenzar a construir relaciones basadas en conocimiento, acompañamiento y crecimiento compartido.
No necesito que un proveedor simplemente me venda una buena plataforma. Necesito que me ayude a entenderla, a cuestionarla, a descubrir posibilidades que todavía no veo y a obtener de ella el mayor beneficio posible. Necesito que conozca mi negocio lo suficiente para advertirme cuando algo está cambiando y que tenga interés en que yo también crezca.
Porque en digital quedarse quieto no significa permanecer en el mismo lugar. Significa retroceder mientras los demás avanzan.
Y quizás ahí esté la diferencia fundamental entre un proveedor y un verdadero socio de negocios: el primero te vende lo que necesitas hoy; el segundo te ayuda a entender lo que vas a necesitar mañana.